Ni héroes, ni tumbas

(acerca de la tragedia y sus dueños)

Por Francisco María BompadreAclaración: el autor escribió este trabajo en el marco de la Carrera de especialización en Filosofía Política de la Universidad Nacional de General Sarmiento,en la materia Taller de lectura de Textos Filosóficos II, a cargo de la Profesora Rosa Belvedresi
Sumario:I. Introducción. II. Genocidio reorganizador. III. El prólogo de Sabato al Nunca Más y el lugar de la sociedad argentina. IV. Conclusiones.
“El que controla el Pasado, decía el slogan del Partido,
controla también el futuro,El que controla el Presente,
controla el Pasado ”George Orwell, 1984.

I. Introducción.
El presente trabajo analiza brevemente el genocidio ocurrido en nuestro país entre los años 1974-1983, para luego tomar en consideración la perspectiva que acerca del mismo se realiza en el prólogo al Nunca Más (1), escrito en septiembre del año 1984 por el presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (en adelante, Conadep), Ernesto Sabato. En esta línea de lectura se busca comprender el lugar que el prólogo en cuestión le asigna a la sociedad argentina, y su caracterización de víctima inocente en la conocida “Teoría de los dos demonios”: inerme y pasiva ante los dos extremos de violencia que la asediaron.
Finalmente, se abordan los efectos políticos que consideramos que tuvo el prólogo mencionado en amplios y diversos sectores de la sociedad argentina -volviéndose incluso la explicación hegemónica acerca de lo sucedido en el periodo- hasta el año 1996, cuando al cumplirse el vigésimo aniversario del golpe de Estado llevado a cabo por las tres armas en su conjunto, comienza a abrirse una fisura en el consenso que hasta ese entonces se había logrado articular. A partir de entonces -y hasta hoy- se abre una disputa política por la apropiación del sentido del prólogo, del libro Nunca Más y de los efectos que el genocidio reorganizador produjo a la sociedad argentina en su conjunto.
II. Genocidio reorganizador.
Desde 1930 hasta la asunción de Alfonsín en el año 1983 la Argentina tuvo 24 presidentes (Rawson y Lastiri incluidos), período durante el cual se produjeron seis golpes de Estado que derrocaron gobiernos elegidos. A estos hechos debemos incorporar las tentativas frustradas de golpes de Estado y los “planteos” castrenses. Lo más desconcertante es que de los 24 presidentes, 16 fueron generales; no obstante ello sólo 2 (Justo y Perón) lograron completar al menos un periodo establecido constitucionalmente. Estos hechos dejan en evidencia el papel “desestabilizador” -al mimo tiempo que protagonista- que han cumplido las Fuerzas Armadas en el sistema político argentino, rol que no sólo se activó frente a gobiernos elegidos por medio del voto popular, sino también frente a los propios gobiernos militares; es decir, hacia fuera y hacia dentro de las Fuerzas Armadas: Uriburu, Rawson, Ramirez, Lonardi, Onganía, Levingston, Viola y Galtieri sufrieron las maniobras e intrigas de sus propios camaradas de armas, y sólo Videla cumplió totalmente el periodo que se había previsto por el régimen militar, que fue curiosamente la página más negra y vergonzante de las FF.AA (Sabato y Schvarzer, 1985; véase también Cavarozzi, 1983). Sin embargo, estos hechos deben alejarnos de una lectura simplista que sólo vea un afán antidemocrático en las FF.AA desvinculado de los intereses y los objetivos de sectores civiles influyentes. Desde esta perspectiva, Calveiro expresa que:Desde 1930, la historia política argentina estuvo marcada por una creciente presencia militar y por el uso consistente de la violencia para imponer desde el poder del Estado lo que no se podía consensuar desde la política. La incapacidad de los sectores económicamente dominantes para establecer una verdadera hegemonía, es decir, para constituirse como grupo dirigente, los llevó a apoyarse en la fuerza de las instituciones armadas para imponer su dominio (2005:27).El golpe de Estado que llevaron acabo las tres armas en conjunto en marzo de 1976, podía ser interpretado como uno más dentro de la ya habitual injerencia de las FF.AA en el sistema político institucional del país. Sin embargo, la cuestión fue bien distinta (2): el Proceso de Reorganización Nacional aplicó una política compleja que logró eliminar tempranamente lo que quedaba de las organizaciones armadas, replegar la vida social a lo familiar-privado y desarticular los lazos sociales de solidaridad, de autonomía y de paridad. Para esto, se valió de una racionalidad que se nutrió de elementos propagandísticos que apelaban al miedo al otro como amenaza a una pretendida forma del ser nacional, construido en base a los valores occidental-cristianos (3) y que se enmarcó dentro de una disputa de mayores dimensiones entre dos ideologías que por entonces se disputaban el reparto del mundo en plena guerra fría (4).Se utilizó para ello una gran variedad de mecanismos burocráticos estatales tanto a nivel nacional como internacional: sólo basta pensar las dimensiones del secuestro de miles de personas que deben ser ilegalizadas y detenidas en algún lugar físico, la previa tarea de inteligencia que determinase a quien se debía detener, la construcción mediática para rebatir las informaciones sobre desapariciones (para lo cual se debió previamente hacer una mapeo de los medios de comunicación, lo que llevó a eliminar a alrededor de 100 periodistas), la estrategia de desacreditación que a nivel mundial se llevó a cabo para contrarrestar la política de denuncia sobre el régimen militar (lo que incluía seguimiento y desaparición de argentinos en el extranjero), el reparto del territorio argentino en distintas zonas y subzonas atribuidas a las diversas fuerzas armadas, el grado de autonomía en los operativos y la decisión de matar o no a los secuestrados detenidos, la creación de archivos y fotografías de quienes estaban en Centros Clandestinos de Detención, la alimentación y atención de los mismos (5), la estrategia a seguir frente a los familiares que pedían por los desaparecidos, las vinculaciones con sectores técnicos que aportaban desde la política económica financiera hasta la construcción de complejos habitacionales o la reestructuración del sistema de salud, la sujeción de ciertos jueces y la eliminación de abogados defensores de presos políticos y desaparecidos, la relación con el FMI y las empresas multinacionales, el contenido de las políticas educativas con claras instrucciones ministeriales para una temprana detección por parte de los docentes y compañeritos de aquellos “niños provenientes de hogares subversivos”, la organización del campeonato mundial de fútbol como política de mejoramiento de la imagen Argentina ante el mundo (lo que no estuvo exento de disputas políticas y bajas militares entre las propias armas de las FF.AA por el control presupuestario y la organización del evento), el reparto de bienes de los detenidos y desaparecidos. Es importante comprender que el genocidio que se realizó sobre el pueblo argentino no fue un acto irracional de algunos militares excedidos, por el contrario, si algo se desprende de lo sucedido es la absoluta racionalidad y sistematización de la política que emprendieron de acuerdo a los objetivos que se habían fijado. En este sentido se han expresado varios autores, entre ellos Izaguirre, quien sostiene que el objetivo fue: “(…) la destrucción de ciertas relaciones sociales articuladas desde mucho tiempo antes por el campo popular, así como la constitución de otras nuevas” (1994:19-20). También es interesante la postura que asume Ricardo Sidicaro respecto a esta cuestión:Los discursos militares, cuando necesitaron justificar la modalidad represiva del “proceso” adjudicaron una gran importancia a la existencia de la guerrilla, al punto que describieron la situación nacional de 1976 como al borde de la toma del poder por parte de la misma. Sin embargo, en las discusiones entre tendencias militares, no faltaron los altos jefes castrenses que restaron significado a los grupos guerrilleros en las causas del golpe. El general Díaz Bessone resumió al respecto una interesante observación: “El motivo del derrocamiento del gobierno peronista en marzo de 1976, no fue la lucha contra la subversión (…) Nada impediría eliminar a la subversión bajo un gobierno constitucional (…) La justificación de la toma del poder por las Fuerzas Armadas fue clausurar un ciclo histórico…” (2004:90).Por su parte, Pilar Calveiro menciona que:Las tres armas asumieron la responsabilidad del proyecto de salvataje. Ahora sí, producirían todos los cambios necesarios para hacer de Argentina otro país. Para ello, era necesario emprender una operación de “cirugía mayor”, así la llamaron. Los campos de concentración fueron el quirófano donde se llevó a cabo dicha cirugía -no es casualidad que se llamaran quirófanos a las salas de tortura-; también fueron, sin duda, el campo de prueba de una nueva sociedad ordenada, controlada, aterrada (2004:11).Incluso, aun durante la misma dictadura militar se produjo uno de los hechos artístico-políticos más impresionantes de la época: El Siluetazo, sobre el cual Roberto Amigo expresa que:Como relata la crónica, el manifestante colocaba su cuerpo sobre el papel de embalaje y el contorno dibujado conformaba la silueta de un detenido-desaparecido, reconstruyendo así los lazos rotos de solidaridad en un acto simbólico de fuerte emotividad (2008: 218, destacado propio).Desde una perspectiva semejante, Hugo Vezzetti expresa que:(...) el repliegue a lo privado, el refuerzo del reducto familiar es tanto la manifestación del miedo a las amenazas situadas en la violencia y el caos en la esfera pública como la búsqueda de un refugio. Una forma característica de la cultura del miedo, en esa experiencia de extrema incertidumbre, conduce a la privatización, la desconfianza y el repliegue respecto de la escena social: un efecto del miedo que es a la vez una defensa contra el miedo y que llama a ocuparse de los propios asuntos (2003:51).Y más adelante continúa:La restricción a lo privado operaba como una formación de compromiso que reunía el anhelo de seguridad con los efectos de la intervención coercitiva y restrictiva que rompía los lazos sociales, comenzando por los más cercanos. Para no hablar de la sociedad en general, diversos testimonios revelan los aspectos más mezquinos de la conformidad de familiares directos que tendían a culpar a las víctimas y en verdad no querían saber de la experiencia de quienes volvían del infierno de los campos. En ese funcionamiento paradójico de la familia, “que con tal de cuidarte y protegerte casi no te dejaba vivir” se puede mostrar la dinámica de un funcionamiento que reúne en el miedo la coerción admitida y ejercida, como un medio de protección. Como es sabido, el silencio sobre la vida personal y el destino de muchos de los desaparecidos comenzó a quebrarse con la demanda de los hijos que buscaban reconstruir su historia (2003:52).
Por su parte, Daniel Feierstein es quien trata de manera más exhaustiva el concepto de genocidio reorganizador o doméstico. El autor plantea que esta modalidad de genocidio: “remite a la aniquilación cuyo objetivo es la transformación de las relaciones sociales hegemónicas al interior de un Estado nación preexistente” (2008:100, resaltado en el original). La situación interior a la que se dirige lo diferencia del genocidio colonialista y del poscolonialista, y la existencia de un Estado nación lo separa del genocidio constituyente (6).El autor mencionado entiende al genocidio:No como una “relación social” sino como una “práctica social”, un determinado modo de destruir y reconstruir relaciones sociales. Es decir, que la destrucción no es en si misma una “relación” sino una práctica que, sin embargo, destruye determinadas “relaciones sociales” (de cooperación, solidaridad, reciprocidad, autonomía, por ejemplo) a la vez que logra convertir otras (de subordinación, delación, individualismo, autenticidad) en hegemónicas (2008:202-203).Y para el particular contexto argentino, Feierstein profundiza el análisis de lo ocurrido en nuestro país:Un proceso que aparece, explícita y manifiestamente, como un “genocidio político”, sin visos ni necesidad de apelar a una figura étnica para esconder el contenido de su práctica. Los genocidas argentinos lo tuvieron en claro desde un principio, con la propia denominación de sus actividades como “Proceso de Reorganización Nacional”. Pues exactamente de eso se trataba. Nunca más preciso un nombre para dar cuenta de un proceso histórico y de un proyecto político. En un Estado nación preexistente -la República Argentina-, constituido, como casi todos, a través de un genocidio constituyente, el gobierno de facto de la dictadura militar se propuso una “reorganización nacional”, “una refundación del Estado sobre nuevas bases”, y es el aniquilamiento y su modalidad concentracionaria la tecnología escogida para llevarla acabo. Los militares argentinos fueron acusados de “eufemistas” por la denominación escogida. Muchos analistas prefieren hablar de la etapa como de “la dictadura” o “la dictadura militar”, lo cual constituye un término mucho más confuso y eufemístico, dado que dictaduras militares hubo muchas durante el siglo XX y, sin embargo, ninguna se propuso una verdadera “reorganización social”, y menos una reorganización de semejante embergadura (2008:108-109).Finalizada la aventura en las islas Malvinas (7) que la Junta Militar fabricó para descomprimir una situación política interna, que se tornaba cada vez más insostenible (el gobierno militar contra la población civil) transportando el conflicto fuera del país (los argentinos frente a los ingleses) (8); sumado al desastre económico para la mayor parte del pueblo argentino, el desgaste político y la licuación del poder militar, se fueron dando las condiciones para que la ciudadanía muestre un descontento generalizado y presionara por la vuelta a la democracia (9). En este sentido Horacio Verbitsky expresa al analizar el final de la dictadura militar que:Como en 1958 o 1973, en 1983 se votó contra un gobierno militar que no se retiraba por su voluntad sino cuando ya no podía permanecer sin riesgo de disolución de la institución militar. En ese sentido los comicios del 30 de octubre fueron un repliegue estratégico para desaferrar a las Fuerzas Armadas de posiciones insostenibles, aunque esta vez ninguna fuerza popular organizada pudiera reclamar los laureles de la victoria. La dictadura se derrumbó sola (2006b:33).Producido materialmente el genocidio, faltaba sin embargo la disputa por el sentido de los hechos sucedidos y el lugar simbólico de los victimarios, las víctimas y la sociedad en su conjunto. Inevitablemente -ya en plena democracia- el posgenociodo implicó una fuerte disputa política sobre los hechos sucedidos que aún continúa abierta (Font, 2000:72; Crenzel, 2008), una narrativa que va cambiando con el paso del tiempo y la modificación de las relaciones de fuerza, y por supuesto, por la posibilidad que la distancia y el paso del tiempo permite a muchos de los protagonistas disidentes de la “verdad oficial” y a las nuevas generaciones ajenas a los hechos, formularse otro tipo de preguntas y presentar nuevas inquietudes en torno al pasado reciente.III. El prólogo de Sabato al Nunca Más y el lugar de la sociedad argentina.Si bien el prólogo al Informe de la Conadep sobre desaparición de personas (el Nunca Más) no lleva la firma del presidente de la comisión -el escritor y pintor Ernesto Sabato- y varios de los integrantes (10) de la misma lo han atribuido al abogado de presos políticos y dramaturgo Gerardo Taratuto -que integraba una de las Secretarias de la Conadep-, lo cierto es que él mismo se lo atribuye al propio Sabato (Crenzel, 2008:95, 230-231) y por su parte tampoco hay registros de que Sabato se haya preocupado por explicar quien lo escribió en el caso que no lo haya hecho él. Como fuere, la memoria colectiva se lo atribuye y en ese mismo sentido lo tomaremos en este trabajo, recogiendo el viejo refrán de quien calla otorga (Font, 2000:71 nota 42).
El prólogo al Nunca Más (11) explicita desde un comienzo que en la década de los 70 el país fue convulsionado por dos terrores: el de extrema derecha y el de extrema izquierda (12), y entre los dos el primero fue “infinitamente mayor” que el segundo, dado que desde el 24 de marzo del 1976 contaron con el aparato, poderío e impunidad del “Estado absoluto” para perseguir y combatir al segundo. Y, más adelante explicita que los miembros de la Conadep tienen la certidumbre de que “la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje”. Se hace una particular mención a la desaparición de personas y sus consecuencias, entendiendo que de esa manera se han pisoteado y desconocido de manera bárbara los principios éticos de las grandes religiones y las más elevadas filosofías. La Conadep sostiene -con la enorme y abundante documentación recogida- que las violaciones a los derechos humanos fueron realizados “en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas”, de manera no esporádica sino sistemática, con tormentos y secuestro similares a lo largo del territorio nacional, y generalmente tuvieron como víctimas a jóvenes y adolescentes. Las circunstancias que rodean a la desaparición de una persona, la falta de responsables, la ausencia de la víctima, la inexistencia de registros públicos que lo identifique en algún lugar, implicaron “años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos”. Transcribo en su totalidad el noveno párrafo del prólogo dado que me parece central:En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: «Por algo será», se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpable de nada; porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epíteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por calificaciones como «marxismo-leninismo», «apátridas», «materialistas y ateos», «enemigos de los valores occidentales y cristianos», todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas-miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esos amigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores.La Conadep establece en alrededor de 9 mil las personas desaparecidas, y aclara que sin embargo las cifra seguramente es más alta dado que “muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aun vacilan, por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal”. En uno de los últimos párrafos del prólogo, se deja en claro que la Conadep actuó sin resentimiento ni espíritu de venganza, sino que por el contrario, se enmarcó en la búsqueda de la verdad y la justicia en tanto pilares para una reconciliación, sólo posible en plena vida democrática (13).La llamada “Teoría de los dos Demonios” tiene su antecedente jurídico en los decretos 157 y 158 que firmó Alfonsín como presidente de la Nación. En ellos de afirmaba que debía enjuiciarse a las cúpulas de la izquierda armada (a través del decreto 157 se enjuiciaba a siete miembros de la guerrilla) y a los miembros de las Juntas (a través del decreto 158 se investigaba a nueve militares). El orden en que estos decretos fueron dictados no es inocente, y prefigura la manera en que el prólogo al Nunca Más habría de articularse un tiempo después: al establecer como primero de los dos decretos que investigaban las responsabilidades de los hechos sucedidos -el 157- al relativo a la izquierda armada, Alfonsín marcaba como inicio causal la acción de la guerrilla, esto es, si el accionar de la guerrilla no hubiese comenzado, la respuesta de las FF.AA no hubiese sido necesaria -el decreto 158 se ocuparía de la “respuesta” de las FF.AA a la guerrilla-. No sólo se marca hábilmente la responsabilidad en el inicio de los hechos, deshistorizando lo sucedido en el gobierno de Isabel Perón y el accionar de la Triple AAA, y como si las acciones de violencia política en el país hubiesen comenzado en la madrugada del día del golpe del Estado; sino que además se pretende igualar las responsabilidades al ubicar de manera simétrica dos grupos que notablemente eran asimétricos, y uno de los cuales, estaba diezmado en marzo de 1976, según informes propios de las FF.AA. Montado sobre esta economía de la responsabilidad, Sabato no innova cuando expresa en el prólogo que dos terrores convulsionaron al país durante la década del 70 (no explicita en qué año), uno de extrema derecha y otro de extrema izquierda. Sin embargo, y como en no pocas oportunidades, el propio prólogo se contradice cuando establece que la respuesta del terrorismo de extrema derecha (terrorismo de Estado) fue infinitamente mayor que el segundo, dado que desde el 24 de marzo del 1976 contaron con el aparato, poderío e impunidad del “Estado absoluto” para perseguir y combatir al de extrema izquierda. Aquí Sabato pasa por alto que al fechar el día del golpe de Estado como un salto cualitativo y cuantitativo en la modalidad represiva está implícitamente reconociendo que el terrorismo de la extrema derecha comenzó antes de marzo de 1976, momento en el cual en todo caso tomó una especificidad más elaborada. Y además es contradictorio con la idea de simetría de los dos extremos (uno de izquierda y otros de derecha, pero dos extremos al fin), cuando expresa que el terrorismo de Estado fue “infinitamente mayor”, que encarnó el “Estado Absoluto” y que además produjo “la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje”. Qué lugar queda para la simetría cuando, según la propia lógica del prologuista existieron dos extremos de terror pero uno de estos produce una acción “infinitamente mayor”, logra el control del “Estado Absoluto” y desencadena la más grande y salvaje tragedia de nuestro país. Indudablemente no había simetría alguna en los dos extremos del terrorismo, sino mucho de oportunismo y de habilidad política. Como acertadamente expresa Crenzel sobre el tema:Este prisma fue caracterizado como “la teoría de los dos demonios”, pues limitaba a las cúpulas de los actores la responsabilidad de la violencia política. Por otro lado proponía a la sociedad como ajena y víctima de ambas, y explicaba la violencia de estado, aunque no sus procedimientos, por la violencia guerrillera (2008:58).Las víctimas que el prólogo de Sabato identifica como generalmente jóvenes -incluso a veces adolescentes- son presentadas bajo el amparo de su inocencia y el distanciamiento de la izquierda armada. Consolidaba de esta manera una modalidad de reclamo ya presente durante la dictadura donde lo central era el relato humanitario y cuya voz era alzada por los familiares del desaparecido. Cuando Sabato decreta a través del prologo que:“Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores”,no solo describe una situación irreal en el sentido de que la mayoría de los desaparecidos murió en o luego del paso por los campos de concentración, sino que lo que puede considerarse aún más grave es la doble despolitización que realiza a través del párrafo trascripto. En primer lugar omite el objetivo central de la dictadura respecto a la eliminación de militantes que realizaban prácticas de articulación social en distintos ámbitos, despolitizando de esta manera el rol que llevaban a cabo todos estos militantes en la articulación del lazo social, y presenta a la dictadura como una máquina de matar a cualquiera, lo que es a todas luces erróneo y preocupante que se sostenga. Esta manera de comunicar las víctimas del terrorismo de Estado, sin embargo se contradice rápidamente así misma cuando Sabato expresa que eran: “dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables”, es decir, que rápidamente uno nota que está ausente el verdulero que sólo se preocupa de su trabajo; el profesional que va de la casa al trabajo y no se involucra en ninguna cuestión social; los universitarios que se dedicaban a hacer carrera académica y los estudiantes que sólo se proponían estudiar y se alejaban de toda militancia estudiantil; los trabajadores dóciles que aceptaban las condiciones laborales y salariales que Martínez de Hoz imponía, los abogados que no defendían presos políticos y no presentaban habeas corpus tampoco figuran en el informe de la Conadep; los religiosos que defendían el statu quo y veían a la dictadura como la “reserva moral” de la nación no fueron molestados ni perseguidos ni secuestrados; los periodistas que no denunciaban lo que estaba sucediendo mantuvieron sus lugares de trabajo y su integridad física. En segundo lugar caracteriza a los miembros de la guerrilla como una suerte de homo sacer que podía ser eliminado por las FF.AA, dado que aquellos que no son “inocentes de terrorismo” -suponemos que- se harían entonces acreedores a la eliminación en manos de sus secuestradores estatales. Esta caracterización de la guerrilla tiende a una clara despolitización al presentarlos alejados de un reclamo político que afecta la discusión propia de la polis sobre cómo vivir y cómo repartir la riqueza en la sociedad; por el contrario, al no mencionarse los objetivos políticos de la izquierda armada se la subordina sólo a lo militar, en donde la idea del enfrentamiento y la muerte es parte del juego libremente aceptado cuando se decide armarse. De esta manera se fue construyendo la víctima acreedora del reconocimiento por parte de la sociedad: a una sociedad construida como inocente le correspondía por supuesto, una víctima construida también como inocente. Esta cosificación de la víctima implicó una nueva victimización hacia todos aquellos militantes que debieron “renegar” de su pasado o bien ser condenados al silencio y al olvido. El manual para ser una víctima perfecta, insospechada de nada, absolutamente inocente de todo, tenía como contrapartida ubicar a las “otras” víctimas como culpables para cerrar el círculo infernal de los “dos demonios”. En una asombrosa prosa literaria Sabato utilizó un lenguaje propio para otro género: la referencia al “infierno” del Dante, la descripción de la metodología de las FF.AA como “caza de brujas”, la figura de los “dioses”, la mención de suplicios “infernales”, y los sobrevivientes que pudieron “salir del infierno”. Pero no sólo el prólogo al Nunca Más atestigua la apelación de Sabato a un más allá que no explica lo sucedido en el más acá y vuelve a despolitizar lo sucedido al impedir una reflexión alejada de lo que pasó. También en el programa televisivo que adelantó las conclusiones del Informe de la Conadep, Sabato dijo: “(…) Personalmente creo que ha sido el reinado del demonio sobre la tierra” (Crenzel, 2008:86). Por extraño que pueda parecernos hoy en día, esta visión construyó buena parte de la narrativa que la memoria social mantendría durante veinte años sobre lo sucedido en nuestro país (14).En el año 1996 entró en crisis la narración y el consenso acerca de lo sucedido en el periodo reorganizacional (Verbitsky, 2006b:11; Barbuto, 2007:425-426 y Feierstein, 2008:269). Con motivo del vigésimo aniversario del golpe de 1976, algo del gran relato construido durante tantos años comenzó a mostrar sus límites ante las preguntas de las nuevas generaciones, lo que posibilitó una nueva disputa por el sentido de la memoria. La estrategia inicial de Alfonsín y continuada -en este punto- por Sabato en el prólogo al Nuca Más es una de las posibles explicaciones a tantos años de consenso sobre los hechos ocurridos. Esta estrategia logró ubicar en la posición de víctima a la sociedad (ajena a los dos extremos terroristas que la asolaron) antes que en el lugar de cómplice o, al menos, de responsable en alguna medida sobre lo sucedido (recordándonos la máxima todoroviana que explicita que todos queremos estar en el lugar de la víctima, pero nadie quiere pasar efectivamente por el). De esta manera, la sociedad argentina desde el lugar de víctima inocente reclamaba los beneficios del estatus del victimizado, pero -sospechamos- sin pagar los costos que toda víctima debe soportar. En este sentido Feierstein sostiene que:(…) Esta ajenización del conjunto social con respecto al genocidio en el que se encuentra involucrado (…) podría ser uno de los motivos fundamentales del consenso alcanzado por esta visión que, de un modo sedante, tranquilizaba las conciencias de los sujetos contemporáneos al genocidio, ubicando a todos ellos (a excepción de los “bandos terroristas de izquierda y de derecha”) en el campo de las víctimas (2008:271-272).Y Emilio Crenzel agrega:Así el prólogo del Nunca Más propone hacia el pasado un “nosotros” inocente al ejercicio de la violencia y al terror de estado, una comunidad de ciudadanos ajenos a los enfrentamientos que signaron a la sociedad argentina. Mediante la misma operación, lo postula hacia el futuro. Es la sociedad inocente, ajena por igual a los dos terrorismos, la que personifica la esperanza democrática (2008:107).Si hay un lugar sensible y difícil para desentrañar lo sucedido durante el Proceso de Reorganización Nacional, este lugar es pensar el papel que le cupo a la sociedad en general -con la consecuente responsabilidad que se desprendería de su actitud-. Si bien es cierta la caracterización que describe Terán en lo que respecta a las denuncias públicas realizadas en la época de la dictadura, cuando expresa que:.Muy tempranamente habían surgido denuncias, con alcance público, de torturas, asesinatos y también de la desaparición de personas. En agosto de 1976, la Confederación Argentina de Religiosos elevó una nota a la Conferencia Episcopal denunciando esos hechos. En febrero de 1977, un conjunto de escritores (…) se pronunció con denuncias similares. En mayo de 1977, la iglesia católica dio a conocer una carta pública denunciando torturas y desapariciones. El 30 de abril de ese mismo año se registró la primera reunión de madres de desaparecidos en Plaza de Mayo, y de allí en más, con ese organismo a la vanguardia, la presencia de los organismos de derechos humanos cobró mayor visibilidad desde que en diciembre de 1977 habían publicado la solicitada “por una Navidad en Paz”, donde reclamaban la verdad acerca de los desaparecidos. También efectos de apertura tuvo la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979 y su posterior informe de 1980, así como la actividad en el mismo sentido del gobierno de los Estados Unidos. En otro plano, en abril de 1979 se producía el primer paro general obrero durante la dictadura. (…) Al año siguiente, Pérez Esquivel recibía el premio Nobel de la Paz, reforzando el apoyo internacional a la causa de los derechos humanos. Para entonces existían síntomas de debilitamiento de la censura, y en la narrativa y en el cine emergía, así fuera oblicuamente, la tematización de la violencia, mientras desde el público se aprendía a decodificar algunas metáforas críticas de la situación imperante. Desde otro espacio, las revistas Humor y El Porteño funcionarán como tábanos de oposición al régimen. A partir de 1980 se formulan denuncias periodísticas que se suman a las que de modo permanente habían sido dadas a conocer en el diario de lengua inglesa Buenos Aires Herald (2008:301-302),no menos cierto es que hasta la derrota militar en la guerra de las Islas Malvinas las tentativas de ofrecer una verdad alternativa a la oficial fueron escasamente recibidas por la opinión pública: las denuncias se neutralizaron exitosamente por parte de la dictadura y la dirigencia de la sociedad política y civil, que no desconocían su contenido (Crenzel, 2008:53). Las causas y los motivos por los cuales la sociedad argentina no pudo o no quiso otorgarle la importancia que el tema de las desapariciones implicaba -aun en aquella época y con la parcial información que se tenía- son múltiples. No obstante lo cual, los procesos colectivos de negación que una sociedad desarrolla ante una situación trágica, lleva en contadas ocasiones a no querer conocer demasiado y en profundidad lo que está sucediendo, puesto que esta nueva situación de conocimiento obligaría en términos morales y/o políticos a actuar, es decir, pasar del conocimiento a la acción (sea esta la denuncia, la confrontación abierta o anónima, la asociación para pensar una respuesta eficaz, etc.). Como el esclavo liberado en la alegoría platónica de la caverna, saber lo que muchos desconocen es siempre un riesgo. También da cuenta de una cierta construcción y estado del lazo social (De Ipola, 1997) que posiblemente ha sido idealizado desde el presente actual del posgenocidio (y en medio una cultura del individualismo exacerbada al extremo), como una forma de marcar la honda ruptura que el Proceso de Reorganización Nacional produjo en la sociedad.IV.
Conclusiones.
la producción material del genocidio le sigue la realización simbólica del mismo, que tiene como objetivo la manera de contar y narrar lo ocurrido. Apelando a la descripción marxista del proceso de producción y circulación de las mercaderías, Feierstein explica que:“(…) Debemos considerar que no resulta suficiente para los fines genocidas eliminar materialmente (aniquilar) a aquellos cuerpos que manifiestan dichas relaciones, sino que aparece como tan o más importante clausurar los tipos de relaciones sociales que éstos encarnaban (o amenazaban encarnar) para generar otro modo de articulación social entre los hombres (reinstalando relaciones sociales anteriores o, más comunmente, construyendo nuevos modelos de relación social); en definitiva, reorganizando las relaciones sociales. No cualquier modo de representación, entonces, obtura o clausura las relaciones sociales que buscaron ser destruidas por medio del aniquilamiento. No cualquier representación de los hechos genocidas implica su “realización simbólica”. El genocidio material puede quedar irrealizado, así como la mercadería puede no ser vendida o venderse a un precio mucho menor al esperado, que no permita la “realización” de su plusvalor. No cualquier representación permite construir nuevos modos de relación social. No cualquier modo de memoria es suficiente para ello, no cualquier modo de olvido (2008:238).La narrativa posgenocidio -que fue hegemónica hasta el año 1996, cuando comienza a ser cuestionada e incluso ya de manera colectiva en la crisis del 2001- fue la realización simbólica del genocidio material. La memoria se estructuró en base a los extremos de izquierda y derecha, que bajo la utilización de la violencia, configuraron un relato de carácter absoluto y demoníaco; pero que por supuesto dejaba indemne a la sociedad en tanto víctima inocente de lo sucedido. Además de la propia sociedad que la vio pasar, las víctimas individuales del terrorismo de Estado fueron presentadas de manera “pura”, libres de cualquier tipo de acusaciones y señalamientos, lo que reforzaba la culpabilidad de las organizaciones de izquierda armadas y de la militancia de izquierda en general. Esta realización simbólica sepultó ciertas relaciones sociales de solidaridad y articulación social que permitían pensar la polis desde lo colectivo, superando los estrechos marcos actuales de lo individual-privado. Podemos sostener, que sin aquellas relaciones sociales existentes en la sociedad antes del genocidio reorganizador, los efectos del mismo se refuerzan día a día más allá de las condenas judiciales a los militares y las anulaciones legislativas de las leyes de impunidad.
Notas.
(1) Estas palabras simbólicas fueron escritas por primera vez por el dictador Bignone cuando expresó en la ley de Autoamnistía que: “Lo pasado nunca más deberá repetirse” (Verbitsky, 2006b:31, destacado propio).
(2) Es necesario resaltar que la dictadura del General Onganía se propuso ir más allá de los gobiernos dictatoriales anteriores, al implementar un extenso programa de disciplinamiento social (Calveiro, 2005:29-39).
(3) Particularmente interesante y sugestivo es el texto de la Fuerza Aérea publicado en el diario La Opinión el día 19 de diciembre del año 1975: “Cuartel de la Fuerza Aérea en Operaciones, proclama a toda la Nación: Nuestra conciencia lo soporta más la humillación y vergüenza de velar las armas para el festín de los corruptos, la burla pública y la degradación de las instituciones. Hace años que venimos mendigando patriotismo, pero ya las palabras van perdiendo su sentido y eficacia, ahogadas en una confusión que contamina todo el ambiente nacional. Por ello, convencidos de que se hallan cumplidas las causas de ilegitimidad política, estimando como límite la actual situación y el uso del derecho natural a la rebelión, desde el seno de la Fuerza Aérea surge la decisión de: 1) Desconocer al comandante general por descalificación fundada en ambigüedad política e indecencia administrativa. 2) Animar y resolver a los mandos ”cercados” por la confusión general. 3) Integrarse en operaciones conjuntas con la fuerza Ejército y la fuerza Naval, para la defensa de la soberanía vulnerada en sus valores morales y materiales. 5) Operar hasta el derrocamiento de la autoridad política y la instauración de un nuevo orden de refundación, con sentido nacional y cristiano. Camaradas de las Fuerzas hermanas: he aquí nuestro testimonio, quiera Dios que sea comprendido en su cabal trascendencia. Levantemos el velo de tanta mentira e impudicia en el país. Por la unión moral y material de las Fuerzas Armadas; por la erradicación de la corrupción y de la subversión marxista en sus causas y efectos; por la restauración del honor y la dignidad nacional. Ante Dios no se es complaciente, tibio, indiferente, ni héroe anónimo. Finalmente, si el número de los justos se ha agotado en la Argentina, suframos el castigo. Por nuestra parte, decimos con el apóstol: ´He combatido el buen combate; he concluido mi carrera; he conservado mi fe´. En el mes de la Inmaculada Concepción de María: ¡Viva la Patria Argentina!” (véase Caraballo et al, 1998:213-214, destacado propio).
(4) El plan represivo se llevó a cabo en buena parte de América y las acciones represivas que fueron coordinadas por las dictaduras de Chile, Argentina, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Brasil (con efectos en Italia, España y EE.UU) se denominó Plan cóndor, y se encontraba bajo la ideología de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que consistía en que los ejércitos latinoamericanos no debían enfrentarse a un hipotético enemigo exterior en defensa de las fronteras, la soberanía o el territorio nacional, sino que, por el contrario, las fuerzas armadas debían tener como hipótesis de conflicto al enemigo interior, es decir, a su propio pueblo. En plena “guerra fría”, más de 50.000 militares se adiestraron en la famosa Escuela de las Américas (2766 de origen argentino) ubicada en Panamá y luego en EE.UU, siempre bajo el objetivo militar del enemigo interior: se adiestró en las técnicas de tortura, en la eliminación de dirigentes sindicales y políticos, en la represión de manifestaciones, de desaparición de personas y apropiación de hijos de detenidos-desaparecidos. En un marco geopolítico más amplio podemos ubicar la doctrina mencionada en la división del mundo en dos bloques liderados por EE.UU y la URSS: los países del tercer mundo sometidos a los dictados de Estados Unidos debían cuidarse que la “amenaza o peligro comunista” ganase terreno en sus respectivos países. Por su parte, en Argentina podemos ubicar su inicio en 1955 con el derrocamiento del gobierno del General Perón, abandonándose la Doctrina de la Defensa Nacional llevada a cabo por el peronismo. Los militares argentinos perfeccionaron un método represivo que vendieron a Europa (particularmente a España para enfrentar a la ETA), a Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) y a Arabia Saudita, Siria Turquía y Croacia (de dónde lo habían tomado originalmente). La comercialización del método se hizo por medio de un manual de contra-guerrilla titulado Europa-América: ¿el mismo terrorismo? Massimo Carlotto sostiene que el sistema de desaparición de personas es una evolución del método nazi, perfeccionado por los croatas durante la segunda guerra mundial. El método se complementó con las técnicas de torturas y las técnicas de acción psicológicas (enseñadas en la Escuela de las Américas) sumado a las enseñanzas de los franceses obtenidas en Argelia e Indochina, especialmente la división del territorio (en Zonas, Subzonas y Áreas de Seguridad) y la importancia hacer inteligencia para tener un mayor dominio sobre las estructuras que se consideraban “subversivas” (Slepoy Prada, 2000:43; Alarcón, 2001; García Lupo, 2001; Di Tella et al, 2001: 201; Robin, 2003 y Verbitsky, 2003a y 2003b).
(5) La dictadura militar aplicó un plan de represión consistente en capturar sospechosos vinculados a la subversión según los informes de inteligencia; llevarlos a unidades militares o centros clandestinos de detención; interrogarlos bajo tormentos con el fin de obtener información; someterlos a condiciones infrahumanas para quebrarlos; actuar en la clandestinidad ocultando su identidad, preferentemente de noche y manteniendo a las víctimas incomunicadas; dando amplia libertad a cuadros inferiores que podían decidir desde la liberación hasta la eliminación física; garantizando la impunidad de los ejecutores, la ocultación de pedidos de informes y la utilización del poder estatal para persuadir a la opinión pública nacional e internacional de la falsedad de las denuncias. Los métodos usados consistieron en diversas técnicas de tortura (véase Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Nº 4 de la Capital Federal, a cargo del Dr. Gabriel Cavallo, en la causa “Simón, Julio; Del Cerro, Juan Antonio s/presunta sustracción de menores de diez años, en particular, sobre el contenido de la presentación del CELS; en Revista Argentina de Derecho Constitucional, Buenos Aires, Nº 3, año II, Ediar, mayo de 2001, y a modo ejemplificativo en sentido general, puede verse el Nunca Más, 2003: 27, 42, 40, 42, 47, 54, 61, 66, 67, 68, 74, 158, 175, 176, 183, 189, 192, 197, 216, 217, 227, 229, 233, 235, 236, 238, 239, 244, 245, 255 y 341).
(6) Para un análisis de las diferencias y las características propias del genocidio constituyente, el colonialista, el poscolonialista y el genocidio reorganizador, véase Feierstein (2008:99-104).
(7) En lo que respecta a la situación de la guerra de Malvinas y la actitud de la sociedad, Oscar Terán expresa: “Que la elección de la cuestión Malvinas no era desacertada desde el punto de vista del oportunismo político lo reveló la notable adhesión que ese emprendimiento reclutó en vastos sectores de la sociedad argentina, incluyendo apoyos de políticos e intelectuales locales y aun de integrantes del exilio y de la militancia de izquierda argentina. La derrota y el posterior aunque rápido conocimiento de las condiciones en que se había librado una lucha que desnudó el aventurerismo, la corrupción y la decadencia de los núcleos fundamentales de la institución militar terminaron por desquiciar todo criterio de legitimidad de la dictadura” (2008:303).
(8) Un buen ejemplo lo constituye la actitud de la organización peronista Montoneros, que hallándose exiliados lograron fletar un avión para combatir contra los ingleses en las islas, curiosamente bajo el mando de los militares que habían matado y desaparecido a muchísimos militantes de esa misma agrupación; o la -ahora- no menos llamativa actitud de Luis Zamora, intentando reclutar soldados para ir a combate; en general, la izquierda sostenía que había que apoyar al gobierno (recordar que gobernaba la Junta Militar más sangrienta de América Latina) en su enfrentamiento al imperialismo inglés (Almeyra, 2004:28).
(9) A medida que la situación social empeoraba cada vez más, la protesta social -aunque tímidamente- comenzaba a salir a la superficie, siendo así que la CGT declara paro general el 22 de julio de 1981, se organiza el mismo año desde el Obispado de Quilmes la “Marcha del Hambre”, el 7 de noviembre la CGT y partidos políticos reúnen 50 mil personas en una marcha hacia San Cayetano en demanda de “paz, pan y trabajo”, el 30 de marzo de 1982 se convoca a una movilización a Plaza de Mayo, donde se reprimió y detuvo a varios manifestantes no sólo en Buenos Aires sino también en Rosario, Mendoza, Tucumán y Córdoba. Las organizaciones feministas se lanzaron a la actividad pública en pos de lograr la patria potestad compartida, las amas de casa por su parte comenzaron a protestar frente al alza del costo de vida: como en la ciudad de Rosario en el año 1982 al golpe de cacerolas; o en San Martín, donde las amas de casa decidieron suspender las compras los días jueves. No menos novedoso fue la masiva toma de tierras por parte de 20 mil personas en Villa Soldati -organizadas por la comisión vecinal- en el año 1981. En el mismo año, un grupo de personas vinculados al teatro organizó “Teatro Abierto”, donde se presentaron 21 obras de 21 autores, con más de 140 actores y 22 directores, a muy bajo precio y sala llena; a los pocos días incendiaron el teatro donde se desarrollaba el ciclo, lo que motivó la solidaridad del mundo de la cultura poniendo dieciséis salas teatrales a disposición para que pueda continuar el ciclo; las obras se centraban en la falta de libertades y en temáticas sobre derechos humanos, que luego motivaría el ciclo Danza Abierta. A principios de 1982 en la zona sur del Gran Buenos Aires, se organizaron grupos de vecinos para distribuir alimentos -“ollas populares”- entre los más pobres, con una fuerte incidencia de las parroquias de la zona. La guerra de las Malvinas con Inglaterra prohibió la difusión de la música en inglés, lo que potenció al rock nacional y la juventud que lo escuchaba, legitimándose de esta forma un canal de expresión que hasta entonces se le había negado a los adolescentes y jóvenes, y la intención de la Junta Militar de manipular el rock con un sentido nacionalista más que nacional, se vio desbaratado cuando Spinetta tocó junto a Pérez Esquivel (que había obtenido el Premio Nobel a la Paz en el año 1980), León Gieco cantó en los Barrios Obreros y su canción Sólo le pido a Dios alcanzó los primeros puestos de ventas. Los recitales de rock llegaron a ser multitudinarios, juntándose hasta 60 mil adolescentes y jóvenes que comenzaban a manifestarse en contra de los militares. Entre los meses de octubre y diciembre de 1982 se gesta en la provincia de Buenos Aires un movimiento vecinal de protesta -“vecinazos”- frente a la política impositiva de los gobiernos provincial y municipales de aumentar las tasas de alumbrado, barrido y conservación de la vía pública, siendo entre éstos el de la localidad de Lanús -“Lanusazo”- el más importante y donde se produce el día 24 de noviembre un enfrentamiento entre la policía y los manifestantes, resultando 14 heridos en las fuerzas policiales y 20 en las filas de los manifestantes, además de 12 detenidos (Iñigo Carrera et al, 1995; Dussel et al, 2003; Recalde, 2003; Lobato y Suriano, 2003).
(10) Los integrantes de la Conadep fueron: el conocido escritor Ernesto Sabato -que sería elegido presidente de la misma- por ser la personalidad más reconocida, la periodista radial católica Magdalena Ruiz Guinazú, Ricardo Colombres que había integrado la Corte Suprema de la Nación en el frondizismo, el famoso médico René Favarolo -renunciante al poco tiempo-, el ex rector de la UBA en la presidencia de Arturo Illia Hilario Fernández Long, el pastor protestante Carlos Gattinoni comprometido en la defensa de los DD-HH, el epistemólogo Gregorio Klimovsky, el rabino estadounidense Marshall Meyer, el obispo católico Jaime de Nevares, y el abogado y filósofo Eduardo Rabossi (todos ellos prestigiosos miembros del mundo de la ciencia, la academia, el periodismo y las grandes religiones). Además se reservaban 6 lugares para que se designen a los legisladores que se les sumarían, 3 de ellos de la Cámara de Diputados y 3 de la de Senadores; sin embargo, sólo el partido Radical propuso integrantes: los diputados Hugo Piucill, Héctor López y Horacio Huarte, quedando las plazas de los Senadores vacantes. Varios organismos de derechos humanos incorporaron a sus integrantes en las distintas secretarias con que funcionó la Conadep. Además, brindaron la información con la que contaban y la experiencia que poseían para orientar la investigación (Verbitsky, 2006b:51-52; Nino, 1997:120; Crenzel, 2008:60-63 y notas respectivas).
(11) Así describe Verbitsky el momento en que se terminó de elaborar el informe: “El jueves 20 de septiembre la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que había solicitado una prórroga de noventa días, entregó al presidente Alfonsín su informe final, de 50 mil carillas, y a la prensa una síntesis de 26 páginas” (2006b:77). Por su parte, Emilio Crenzel expresa que: “En un acto público transmitido por televisión el 20 de septiembre de 1984, Sabato entregó el informe de la CONADEP al Presidente de la casa de gobierno. Esta sería la primera y única vez que todos los miembros de la Comisión participaron de un acto vinculado al Nunca Más. Setenta mil personas se reunieron en Plaza de Mayo, convocadas por la mayoría de los organismos, los partidos políticos -incluso aquellos opuestos a la Comisión- y grupos estudiantiles y sociales que, tras el acto, marcharon a Tribunales reclamando la jurisdicción de la Justicia Civil y pidiendo al Congreso la comisión Bicameral” (2008:98). Y La visión que da Vezzetti sobre el proceso desarrollado por la Conadep expresa que: ”La decisión tomada en el comienzo mismo del nuevo ciclo constitucional, la composición de la Comisión, la difusión en los medios y la movilización popular que acompañó la presentación del informe, en fin, todo contribuía a otorgarle a esa investigación el carácter de un acto fundacional, una conmemoración ritual que era a la vez memoria y proyecto y que tuvo su continuidad en el Juicio a las Juntas” (2003:115).
(12) La calificación de terroristas a las agrupaciones armadas de izquierda ha sido fuertemente criticada, entre otros, por Daniel Feierstein al sostener que se toma con esta calificación la terminología utilizada por los propios militares de la última dictadura. Si como históricamente se ha entendido al terrorismo, esto es, la asociación de la violencia dirigida al conjunto de la sociedad civil (donde justamente esa indistinción en la posibilidad de ser víctima genera terror en el conjunto social), la izquierda armada de nuestro país no debe ser calificada de terrorista dado que no se caracterizó por esta modalidad operativa (2008:271 y nota 12).
(13) Sostiene Sabato en el final del prólogo que: “Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado” (destacado personal). Esta apelación a la vida democrática en el último párrafo del prólogo al Nunca Más explica en parte por qué no es tematizado por Sabato la violencia del periodo democrático anterior al golpe de Estado, cuando dentro del propio informe se analizan casos de represión estatal sucedidos en los años del gobierno de Isabel Perón. Desde esta lógica, la apuesta de Sabato incluye identificar a la dictadura como el lugar donde estos hechos que él califica de “demoníacos” pueden llegar a producirse, mientras que la democracia sería la forma política institucional que garantizaría que estas atrocidades no se concreten. Como puede apreciarse, la interpretación del prologuista no se pregunta por las relaciones sociales que posibilitan la concreción de un genocidio, sino más bien intenta establecer de manera canónica la antinomia democracia/dictadura como la variable que debe tenerse encuentra a los efectos de evitar la consumación de genocidios futuros, una lectura claramente muy pobre sobre las condiciones de posibilidad genocidas.
(14) A modo de coincidencia con lo sucedido décadas antes respecto al genocidio llevado a cabo por los nazis, Feierstein expresa que: “(...) el modo prototípico de acercamiento a la experiencia del nazismo de los primeros veinte años estuvo hegemonizado por una especie de demonización de la experiencia genocida y, particularmente, de sus ejecutores, perpetradores y cómplices” (2008:147).
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