"EL NOMBRE DE ROCA".

Por Eduardo Luis Aguirre.

Por definición, el sistema de creencias, la cultura, el acervo de los pueblos, se construye lentamente, a través de avances y retrocesos, casi siempre de luchas, que no otra cosa es la historia. Esta conmovisión, siempre totalizante, no expresa el tránsito de una situación de equilibrio hacia un nuevo consenso pacífico, sino, por el contrario, una dialéctica de permanente conflicto.

Lo simbólico, sabido es también, condiciona la conciencia de los individuos sin que ellos de ordinario lo perciban. De hecho, el lenguaje es un conjunto de símbolos. Y a através de esos códigos, generaciones enteras de argentinos crecieron y se educaron reverenciando las narrativas épicas hegemónicas del genocidio rebautizado como "Conquista del Desierto". Incluyendo el más descarnado racismo, las justificaciones más extremas y la naturalización de la masacre de los Pueblos Originarios.Pero esencialmente, desde lo simbólico, la supervivencia de Roca en las nomenclaturas oficiales significa una reivindicación de las lógicas binarias y violentas como forma de resolver los conflictos sociales.No existen diferencias ontológicas entre la limpieza étnica roquista y la concepción de la diversidad y la alteridad como un problema, respecto del cual es posible y está permitido "hacer algo" aún antes de que recibamos agresión alguna por parte de ese "otro". Roca es al "desierto" lo que la doctrina de la guerra preventiva a los nacionalismos subalternos, y a los "peligrosos", "distintos", vagos" y "merodeadores", contra los que está permitido "meter bala" en defensa del progreso y el orden al que se oponen sistemáticamente esos "anormales" que describía Foucault.Constituye un precedente análogo de una ideología intolerante y antidemocrática que promueve un país para pocos, y que no reserva lugar alguno para el multiculturalismo y la diversidad, siempre en nombre de la patria, el pueblo, el derecho, el orden, la seguridad, la familia y el progreso.Nuestra sociedad se ha visto sacudida, en los últimos años, por conflictos de naturaleza y complejidad desacostumbrada, muchas veces saldada por la violencia, sea ésta "legítima" o "ilegítima". El resultado de estas confrontaciones puso de relieve el protagonismo de la "multitud" como nuevo sujeto social y político, y el deterioro de los viejos paradigmas que durante más de dos siglos disciplinaron al conjunto.Si lo que se intenta, entonces, es cambiar el nombre actual de la avenida por otro que reivindique la cultura de los pueblos originarios, estaríamos dando un paso no menor. Casi todas las civilizaciones americanas, anteriores a la llegada del colonizador, apelaron a métodos no violentos, a formas restaurativas para reestablecer el equilibrio afectado por cualquier conflicto social.Ni el retribucionismo extremo, ni el prevencionismo retrógrado, ni el castigo sistemático institucional y mucho menos la venganza privada inspirarons a las civilizaciones precolombinas al momento de regular sus diferencias.En un contexto donde la tierra no era de los hombres sino los hombres de la tierra, donde la naturaleza y la preservación del equilibrio ecológico eran valores sustantivos, no resulta difícil concluir que la solidaridad constituyera el núcleo duro de una escala de valores que galvanizaba y dotaba de sentido a esas sociedades y a sus formas armónicas de convivencia.Esas sociedades no solamente no encerraban, ni castigaban, ni mucho menos asesinaban a sus niños, sino que, por el contrario, como los consideraba "sagrados", cualquier violencia ejercida sobre los mismos encarnaba la conducta más reprochable.Únicamente la reparación y la composición eran los medios admitidos para intentar recomponer el equilibrio alterado por el conflicto.Reivindicar a los pueblos originarios y sus prácticas no violentas, supone la asunción del rechazo de la violencia en cualquiera de sus formas, la posibilidad de volver a resolver nuestras diferencias honrando las mejores tradiciones humanísticas, y admitiendo que el otro no es un "enemigo", sino alguien a quien debemos tolerar y con quien debemos convivir pacíficamente aún en la diferencia.Lo simbólico, entonces, nos coloca ante la disyuntiva histórica más severa, el regreso a los orígenes, que -en este caso sí- está en nuestras manos resolver.