"Mujeres privadas de libertad, consumo de drogas y delito"

Por María Cecilia Martini *.

Introducción: El problema de consumo de estupefacientes es una cuestión citada a diario en ámbitos locales como uno de los mayores problemas que llevan a la delincuencia. Con frecuencia he leído notas en periódicos locales sobre la necesidad de “combatir las drogas” para evitar delitos comunes. También afirmaciones tales como que en todos los hechos ilícitos los autores están drogados.

Muchas de estas especulaciones fueron desarrolladas por funcionarios de gobierno con injerencia en áreas sociales y por aspirantes a magistrados en el foro local ante el Consejo de la Magistratura. Es así, que el marco de la materia “Criminología” de la Maestría en Ciencias Penales, a fin de cumplir con la tarea curricular obligatoria, decidí indagar sobre este tema, perfilando mi estudio como una cuestión de género (debido esto a una inquietud personal surgida hace muchos años, cuando comencé a trabajar en el fuero penal como pasante en un juzgado de instrucción, respecto a la casi nula participación de la mujer como imputada en hechos criminales de competencia ordinaria, entendiendo esta tarea como una herramienta que tal vez me ayude a brindar algo de luz sobre el interrogante), circunstancia por la cual abordaré en primer lugar la realización de un marco teórico sobre las mujeres, el control social y las drogas, para luego analizar el resultado obtenido mediante el trabajo de campo.

Método:
El presente trabajo conforme reseñara es teórico-práctico, prevaleciendo el segundo aspecto toda vez que se pretende establecer un panorama concreto sobre la incidencia del consumo de estupefacientes en la comisión de delitos en el ámbito de mujeres condenadas y alojadas en la unidad penitenciaria con sede en Santa Rosa. Para la efectivización de la tarea elaboré una encuesta que consta de 9 preguntas, para hacerla a un porcentaje de las internas –en primer momento estipulé que fuera el 20% de la población carcelaria las personas a encuestar, el cual se constituye con 9 mujeres dado que el total de alojadas es de 45, pero luego de realizar los trámites tendientes a la autorización para ingresar al penal y el pedido de conformidad de las personas a encuestar, el día que me constituí en la cárcel, advertí que me esperaban 11 voluntarias, circunstancia por la que el porcentaje se vio mínimamente modificado-, constituyendo los 11 casos relevados la muestra sobre la cual se trabajará.
El cuestionario elaborado obra agregado como anexo documental junto con los formularios completos, constando de una primera serie de preguntas de índole genéricas sobre nacionalidad, edad, lugar de residencia, situación familiar, laboral y económica, y otro bloque de cuestionamientos sobre consumo de drogas, rehabilitaciones realizadas e influencia de esta circunstancia en el hecho que motiva la privación de libertad y en su vida personal.
Las preguntas generales tienden a conocer la situación socioeconómica y familiar de la encuestada, circunstancia que podrá interrelacionarse con el bloque de interrogantes referidos a las drogas y una última pregunta sobre previsiones para el futuro en cuanto a expectativas al momento de recuperar la libertad.
Finalmente aclaro que elegí hacer sólo 9 preguntas por lo acotado del trabajo para la materia, siendo las mismas de tipo abierto, permitiendo a la encuestada explayarse o a mi indagar con mayor profundidad, en caso pertinente, siempre teniendo como horizonte el objeto de establecer la incidencia de las drogas en las mujeres criminalizadas.

Marco teórico:
Las mujeres:
Por género se entiende el conjunto de ideas, representaciones, prácticas y prescripciones sociales que desarrolla una cultura desde la diferencia anatómica entre los sexos para simbolizar y construir socialmente lo que es “propio de los varones” (lo masculino) y lo que es “propio de las mujeres” (lo femenino”. Haydée Birgin, “Las trampas del poder punitivo. El género del Derecho Penal”, Editorial Biblos, 2000, pág. 11.
Si nos remontamos al comienzo de la criminología –al menos a criterio de Eugenio Raúl Zaffaroni- podemos fácilmente advertir el alto protagonismo de la mujer en materia criminal, dado que toda la persecución desarrollada en la edad media, tiene como protagonistas a los herejes y a las brujas, integrando exclusivamente este último grupo por mujeres; el Martillo de las brujas describe toda la idea de la época en cuanto a la encarnación del mal por parte del sexo femenino. Considerándoselo inferior y más vulnerable al pecado, idea que, salvando las distancias y con otros condimentos, podría decirse vigente hasta la actualidad, al menos desde una postura feminista. Pero si bien la idea trasunta la historia, la participación de la mujer en la comisión de delitos no, toda vez que con el iluminismo el hombre va a ser centro del estudio.
Tradicionalmente la conducta de la mujer no fue abordada con énfasis por la criminología, siendo uno de los motivos la escasa criminalización del género, la menor importancia en su calidad de ofensas ilícitas y de las actividades socio-económicas llevadas a cabo por las representantes del sexo femenino; constituyendo mayormente objeto de estudio los atributos de la sexualidad de la mujer; recién en la década del setenta la posición de la mujer va a ser vista en profundidad, surgiendo los discursos feministas, los cuales son considerados por un sector doctrinario como discursos de corte antidiscriminatorio.
Las concepciones clásicas –positivismo- efectuaron un estudio biologisista de la mujer –reclusa-, advirtiendo escasa evolución de la mujer en el análisis de sus cráneos, lunares y tatuajes, así, Lombroso y Ferrero (1895), en “ The Female Ofender” dicen, “Se ha notado la tendencia conservadora de las mujeres en todas las cuestiones de orden social; un conservadurismo cuya primera causa proviene de estar forzada a la inmovilidad del ovulo comparado con el zooesperma…”. Consideraron a la mujer delincuente como anormal, ya que no cumplía con los cánones naturales de buena madre y esposa y con rasgos de masculinidad, estos autores dijeron “Por ser una doble excepción la mujer criminal es un monstruo”.
Con posterioridad se iniciaron estudios de enfoque endocrinológico, que miraban diferencias hormonales entre los representantes de ambos sexos (Gray 1970), estableciéndose afirmaciones en orden a la mayor agresividad del hombre por sus hormonas andrógenas y menor de la mujer por desarrollar mayores miedos y fobias, depresiones. Pollak en 1961 analiza la delincuencia femenina, teniendo a la menstruación y el embarazo como procesos fisiológicos anormales, que influyen en la psiquis de la mujer criminal, estimando que durante el período menstrual la mujer realiza actos crueles por tomar consciencia de que no puede ser hombre; razonamiento sumamente criticado por algunas criminólogas en el sentido de considerarlo seudocientífico y empapado de mitos masculinos.
La teoría psicoanalítica partiendo de la agresividad como componente típico masculino va a encontrar en este dato una causal de la escasa comisión de delitos por parte de las mujeres, además entiende que ésta no llega a desarrollar completamente su ego –elemento que desarrolla mecanismo de defensa y habilidades-, en tal sentido sostienen Ferracutti y Newman (1977) “...las mujeres no llegan a desarrollar completamente su ego, por ello son pasivas, tímidas y no actúan contra el mundo...”. En tanto desde la psiquiatría se ha sostenido que la explicación de la baja criminalidad de la mujer se halla en sus rasgos psicopatológicos y traumatizantes, los cuales hacen que sea más hospitalizada que encarcelada; relevándose casos de mujeres que presentan conflictos con la figura paterna -padre que no da amor ni consejos-, ensayándose este supuesto como gérmen del delito (Prins 1980).
En el área de la patología social se establece una estrecha conexión entre delincuencia de la mujer y su infrasocialización y adaptación a valores sociales, Thomas (1967) realiza un trabajo en el que dice que la mujer presenta mayor variedad de amor referida al instinto maternal, es madre, esposa, se dedica a la caridad, de ahí que sea más proclive, cuando tiene algún signo de anormalidad, de mala socialización, a la prostitución, justamente por esa mayor capacidad de dar amor. Este autor en base a la tesis de la solidaridad orgánica y mecánica, va a aseverar que las ciudades tienen una influencia negativa para el grupo femenino, por la pérdida de cohesión familiar, la cual debe necesariamente ser reemplazada por el estado mediante las instituciones.
En el marco de las concepciones reseñadas, se ha percibido a la mujer como moralmente superior al hombre, aunque biológicamente sumisa, pasiva, débil, siendo objeto de estudio su sexualidad, su ginecología, encontrándosela como más propensa a perturbaciones mentales que al delito, estimándose la maldad femenina como un rasgo de virilidad; sin que se consideren en estas investigaciones datos sociales, económicos o culturales.
Nuevos enfoques van a surgir con el advenimiento de la criminología crítica, centrándose la problemática en el análisis del estado y su control, la poca presencia de la mujer en el delito es vista como la proyección de los diferentes tipos de control formal e informal, ejercidos sobre la desviación de la mujer -la cual va a seguir teniendo base sexual, como en la edad media era señalada por bruja debido a su copula con el diablo, ahora el descarrilamiento se conecta con su no recato sexual o promiscuidad-, encontrándose sometida a un rol específico según la clase de estado y sociedad en que se desarrolla, siendo encausada en un primer momento por el entorno intrafamiliar y si este falla aparece el control del estado a través de sus instituciones, primeramente como protección, vía clínica frente a conductas patológicas y en última instancia como castigo mediante la cárcel.
El control informal podría decirse que se origina en el paternalismo a que se encuentra sujeta la mujer desde los orígenes de la historia y se basa en el funcionamiento de la familia nuclear, más contemporáneamente la escuela, el trabajo y el ámbito médico, que con su actividad contribuyen a mantener el rol social de la mujer, ese ser “femenino” con dedicación casi exclusiva a los demás, siendo valorada por su entorno en orden a estas adjetivaciones.
En tanto el control formal lo revisten aquellas instancias en que actúan los organismos judiciales, policiales y el servicio penitenciario, se desarrolla frente a conductas o situaciones en las cuales los mecanismos informales no han logrado sus fines satisfactoriamente y se ha producido una evidente afectación de bienes jurídicos valorados por una sociedad dada; también en este aspecto se presentan las instituciones de salud -hospitales- como ejecución alternativa a la cárcel.
Modernamente, se han desarrollado tres teorías que intentan explicar la criminalidad femenina; teoría de la nueva criminal, provocada por la liberación creciente de la mujer, la que al delinquir adquiere caracteres típicamente masculinos; teoría de la necesidad económica, a medida que la mujer adquiere más derechos tiene que afrontar sus propias necesidades y no puede seguir con una actitud paternalista; teoría de las oportunidades económicas, la participación de la mujer en actividades económicas influye para que cometa delitos. Adviértase que estas tres maneras de explicar un fenómeno, parte de la liberación de la mujer y de la ocupación por su parte de espacios antes reservados para hombres, siendo coincidentes en su desarrollo con los movimientos feministas.
Un enfoque diferente es expuesto por criminologas tales como Smart, Carlon y Heidensohn, mediante la teoría de los roles sociales diferenciados, ellas consideran a la criminalidad femenina como expresión ilegítima de las expectativas de rol, teniendo en cuenta pautas socioculturales vigentes y aspiraciones de género, difernciando sexo como identidad física y género como identidad social.
Desde estas tesituras comienza a estudiarse la situación de la mujer encarcelada, se desarrollan trabajos en los cuales se tienen como vector la desigualdad entre el hombre y la mujer y las ideas estereotipadas que existen en el tratamiento de la cuestión, concluyendo alguno de ellos que “...las mujeres no encajan bien en el sistema penal, todas las cárceles están claramente diseñadas para tratar con la delincuencia de jóvenes y hombres...” (Heidensohn 1985:82), “...el sistema penal ha estado siempre orientado hacía los hormbre y dominado por los hombre y esto ha tenido consecuencias significativas para las mujeres...” (Smith 1962:56).

Las drogas:
El problema de las drogas es uno de los hechos sociales de mayor preocupación no sólo en el ámbito carcelario sino también en el del derecho penal, nuemerosos estudios de países desarrollados dan cuenta de la alta incidencia del consumo de drogas en hechos criminalizados -por ejemplo en España se calcula que el 80% de las mujeres que están en prisión se hayan vinculadas por delitos contra la salud pública (“Política Criminal y Sistema Penal, viejas y nuevas racionalidades”, Rivera Beiras, Almeda, Anthropos, 2005, pág. 303)-. Esta cuestión va a ser desarrollada ampliamente entre los años 70 y 80, surgiendo todo el fenómeno legislativo y la clara asociación medíatica droga-delito, se dictan normas prohibiendo y sancionando el consumo, y se la vincula a graves enfermedades como el VIH.
En este panorma inicialmente las mujeres eran ignoradas como variable de investigación, pero a medida que se fueron reportando descubrimientos sobre caracteres particulares de las consumidoras se advirtió que su problema no podía ser reducido a generalizaciones de conductas masculinas, debiendo ahondarse en el propio marco de referencia femenino, comenzando investigaciones en Estados Unidos, las que apuntan principalmente a las consecuencias para la salud de la embarazada. Estableciéndose en algunos estudios la delincuencia femenina para financiar el consumo.
En los años 80 comenzó a advertirse un número creciente de africanas y latinas detenidas en cárceles europeas, las que participaban del comercio de sustancias, por lo que el paradigna precedente lentamente va a ser desvirtuado. En este aspecto, sostienen los especialistas, que no puede soslayarse la contribución que han tenido las crisis económicas y la desocupación en países de América del Sur, véase que en Lationamérica uno de cada tres hogares son sostenidos por mujeres. De la mano del feminismo surgieron las críticas sobre la frecuente preescripción de sedantes y tranquilizantes a las mujeres y su relación con los esterotipos del rol de género; así como también la afirmación sobre la discriminación de la mujer, en cuanto a su cosificación, ya que si bien se le permitió acceder a un “negocio” propio de los hombres, se la relegó a tareas que implican mayor exposición y menor réditos, en el transporte como “mula” y en los sitios de producción para el trabajo más duro, por ejemplo pisar hoja de coca.
En nuestro país en materia de investigaciones de drogas, mujer y criminalidad, surgen datos interesantes del informe elaborado por la Oficina de Naciones Unidas contra la droga y el delito, en el mes de julio de 2008 en el Servicio Penitenciario Federal “Evaluación y recomendaciones para el perfeccionamiento de los programas de prevención y atención al uso de drogas y del VIH que se implementan actualmente en el SPF”; en cuanto se establece que el 10,84% de la población carcelaria está constituída por mujeres, que el 40% de esta población es extranjera y que el 80% de ellas están encarceladas por tráfico de estupefacientes.
Conforme estos porcentajes podemos evaluar la comprobación en nuestro medio de los resultados desarrollados en trabajos abordados en otros países.
La encuesta:
Conforme el plan de trabajo estipulado a los fines de efectivizar la realización de encuesta elaborada me entrevisté en un primer momento con el Director de la Unidad Penal nº 13, quien me informó sobre el total de la población carcelaria, y sobre la existencia de un área denominada sector de educación, con cuyas encargadas dialogué el día de trabajo con las internas, refiriéndome ellas particularidades relativas a los talleres y actividades a que tienen acceso las mismas y sobre la mecánica de trabajo diario en la cárcel, brindándoseles talleres de peluquería, cocina, manualidades, biblioteca, entre otros de similar naturaleza.
Luego de estas entrevistas me encontré con el grupo de internas interesadas en responder a mis interrogantes, quienes se mostraron sumamente dispuestas y con mucho entusiasmo, explayándose en todos los puntos, viéndome obligada a encausar la conversación en varias oportunidades, dado que el tiempo estipulado para mi actividad no podía exceder el que tienen fijado para el área educativa que es de 14 a 18 horas.
Las primeras preguntas que se efectuaron a las internas fueron con relación a circunstancias personales, sobre edad; nacionalidad -de las 11, 4 eran extranjeras, es decir un 36,36%-; lugar de residencia en edad adulta y nivel de instrucción -9 tenían secundario completo, 1 incompleto y 1 primaria, 1 se hallaba cursando carrera de analista de sistemas; es decir el 100% sabían leer y escribir, el 81,81 estudios secundarios completos y el 9% universitario incompleto-.
Seguidamente fueron requeridas con relación a su condición laboral, en este aspecto, 9 -81,81%- de las interrogadas dijeron tener ocupación previo a la privación de libertad en el mercado de trabajo, ya sea formal o informal, mencionando estas últimas la búsqueda de mejores condiciones y oportunidades, sin haberlo logrado, principalemente una encuestada que dijo haberse dedicado a la prostitución. En tanto las otras 2 -18,18%- no tenían empleo, ni lo buscaban, dependiendo económicamente ambas de su marido.
En cuanto al interrogante sobre el plazo de detención, lo señalado por ellas es variable, oscilando entre un año y medio y doce años y once meses; surge de este punto la circunstancia de que todas las internas habían estado antes alojadas en otros establecimientos, ya sean cárceles o alcaidías, como la Unidad Federal nº 3, rescatándose en todos los casos -excepto en 2, 1 de ellos por cercanía del grupo familiar-, la atención, buen trato y tranquilidad con que viven en el establecimiento carcelario de esta ciudad, correspondiéndose seguramente esto con ser un penal de mediana seguridad.
Se preguntó a las internas sobre las actividades que realizaban diariamente en el establecimiento, surgiendo en forma patente en este aspecto rasgos de estereotiopación de la mujer propios del paternalismo, la mayoría participaban de los diferentes talleres del ámbito de educación, los cuales consisten en peluquería, costura, percusión, manualidades, tejido, cocina, curso de biblotecaría y percusión. Según describieran las internas, su día transcurre en tareas de aseo y organización del lugar de alojamiento y los talleres, en tanto dos internas trabajan en el sector del casino de oficiales en tareas domésticas durante la mañana y la tarde y luego se dedican a estudiar, teniendo una de ellas una beca en un liceo informático para cursar la carrera de analista de sistemas, en tanto la otra se encuentra culminando estudios secundarios. Resulta llamativo este dato en dos aspectos, por un lado se ratifica el estereotipo y rol de la mujer como ama de casa por los talleres que se les brinda, y por el otro, las dos mujeres que podrían denominarse más liberales, porque desarrollan una actividad laboral extra a los talleres -como domésticas en el casino- son las dos que se hallan ampliando su instrucción.
En cuanto a la pregunta sobre el consumo de drogas -se explicó a las encuestadas que este interrogante se refería a sustancias estupefacientes, excluyéndose alcohol y tabaco-, de las 11 encuestadas, 5 respondieron afirmativamente sobre haber consumido en alguna etapa de su vida, no habiendo realizado tratamiento de rehabilitación alguno, conociendo alguna de ellas, que existía la posibilidad de hacerlo en la U.3, en tanto otras no sabían de esa posibilidad, ninguna de las cinco dijo haber recibido auxilio médico para abandonar las drogas. En este sentido entiendo que se vislumbra una falencia del servicio en lo relativo a informar a las internas sobre sus derechos en orden a las garantías de salud que poseen en el marco de la ley 24660 y de las directivas internacionales; resultando este aspecto sumamente interesante para continuar indagando con las internas pero como no constituía objeto de esta investación, en aras de no exeder las pautas metodológicas no continué preguntando.
De las cinco personas que adujeron haber consumido estupefacientes, es decir del 45,45% de las encuestadas, una de ellas no relacionó esta circunstancia con el hecho que la llevó a la privación de libertad, toda vez que adujo haber consumido para pasar el tiempo de encierro en mejores condiciones “no me dí cuenta y pasaron 6 años de condena”; en tanto otra de las internas escuetamente respondió que no lo relacionaba porque fue un homicidio. Los tres casos restantes se hallaban condenadas por supuestos típicos de la ley 23737, circunstancia que denota que un 60% de las consumidoras ha sido encarceladas por cometer delitos contra la salud pública; hecho que permitiría afirmar, a pesar de lo pequeña de la muestra, que el consumo de estupefacientes constituye al menos causal para la realización de conductas ilícitas en orden a las sustancias.
En el cuestionamiento siguiente respecto a si se relacionaba el consumo de drogas con el hecho de detención, debo aclarar que en la conversación esta pregunta obtuvo una formulación alternativa, porque la interlocutora fue preguntada sobre el caso puntual de consumo y también sobre si relacionaba las drogas con el hecho, versando las respuestas consignadas en forma indistinta. Como resultado se obtuvo que seis internas respondieron afirmativamente, es decir un 54,54% de la muestra, en tanto 5 de estas -83,33% de total de las respuesta afirmativas- se hallan condenadas por infracciones a la ley 23737; siendo significativo en este punto, el entrecruzamiento de información con la nacionalidad, ya que esto arroja que todas las extranjeras están privadas de libertad por haber intentado ingresar sustancias estupefacientes al país, aquí se advierte claramente aquello que postulan las investigaciones de la criminología crítica en cuanto a que a la mujer en el tráfico se le asigna la tarea más riesgosa y burda.
De estos seis casos comentados, la otra interna relaciona la droga pero no por consumo personal, sino porque la víctima del hecho objeto de condena consumía.
Finalmente en este punto, al tener un 54,54% de respuestas positivas, podría decirse en una primera aproximación, que existe una alta incidencia de las drogas en la criminalidad femenina, pero al considerarlo con la pregunta anterior este porcentaje se ve senciblemente modificado, ya que de las 6 respuestas afirmativas, en comparación con el bloque anterior, la mitad de ellas no había consumido drogas, por lo que válidamente se podría inferir que si bien más de la mitad de las encuestadas se hallan vinculadas a hechos delictivos relacionados con drogas, la influencia del consumo de estupefacientes con respecto a la comisión de delitos no es altamente significativa, dado que sólo el 27,2% de la muestra consumió drogas y realizó delitos vinculados.
Las otras dos encuestadas que dijeron consumir drogas aclararon que al momento de ejecutar el hecho no lo hacían, una de ellas porque había empezado en la cárcel y la otra dijo no estar drogada cuando cometió el ilícito.
De todo lo dicho estimo a modo de conclusión que si bien las drogas constituyen un factor de peso en el univeso delictivo femenino, dado que de la muestra encuestada un gran porcentaje ha sido condenado por infracción ley 23737 -45,45%-, la enfermedad no incide tan directamente, ya que al menos ellas no la consideran causa del hecho. Debiendo destacarse que se les preguntó a todas las encuestadas, en lo ameno del dialogo, si ellas a algún partícipe esta drogado al momento de cometer el hecho y todas respondieron negativamente.
Respecto a la pregunta relativa a su familia y contacto con el vínculo familiar, todas manifestaron tener hijos, los cuales a excepción de dos casos, se hallan a cargo de las abuelas o de una hija mayor. Asimismo todas dijeron haber sido visitadas en alguna oportunidad por su madre o hijos.
En cuanto a pareja tres de las encuestadas mantienen una situación conyugal de tiempo y mencionan un solo marido, dos de las cuales aducen que sus hijos se hallan con el papá. Cuatro de las internas han tenido más de una pareja e hijos con ambas. Cuatro no tienen pareja actualmente, tres de ellas con niños a cargo de su madre y una a cargo de una hija mayor, señalando una de ellas que su hijo varón de 15 años decidió irse con el padre en tanto su hija menor sigue con la abuela.
El interrogante sobre qué haran al momento de recuperar la libertad fue ampliamente respondido por las internas, rescatándose la circunstancia de que todas hablán con alegría sobre sus proyectos; surgiendo una vez más en este tramo el esterotipo femenino, en cuanto a las actividad que piensan efectuar. Nótese que tres hablan de volver con su familia, su hogar, con el marido a su casa; una de ellas dice que quiere seguir estudiando docencia, que fue su marido quien la incentivó para estudiar y que él nunca quiso que deje a los niños con otra persona.
Dos de las mujeres quieren seguir estudiando carreras terciarias, una de ellas ya lo está haciendo y la otra piensa comenzar.
Seis quieren incursionar en el comercio, manifiestan empezar un negocio relacionado con los talleres que tienen en la cárcel, peluquería, cocina; otra vez más aquí la mayoría de las encuestadas continúa con el rol asignado antiguamente a la mujer relegada a actividades de índole domésticas. Debiendo destacarse también que todas quieren reencontrarse o volver con sus hijos, otro rasgo de formación tradicional de la mujer en cuanto a la maternidad.
Conclusión:
Conforme se reseñara precedentemente en cuanto al objeto del presente trabajo se han obtenido consecuencias de importancia, pudiendo afirmarse que en el ámbito femenino, el consumo de estupefacientes no constituye causal de peso en la criminalidad en orden a delitos de competencia ordinaria, es decir, que aquello referenciado en la introducción, en la muestra no se ha comprobado; pero si se ha relevado la circunstancia de que las drogas inciden en hechos delictivos, toda vez que más de la mitad de la muestra las relacionó con su privación de libertad y un porcentaje importante se encuentra condenado por ilícitos relacionados.
También se han comprobado en el universo tratado, la presencia de estereotipos de género, en cuanto al rol que se le asigna a la mujer en el tráfico de estupefacientes, “mula”, habiendo participado las condenadas en traslado o tenencia de estupefacientes. Asimismo, en la mujer criminalizada -alojada en la U.13-, puede decirse que el patriarcado y la imposición de un rol de madre y buena ama de casa sigue plenamente vigente en la actualidad, las tareas que realizan y las actividades a las que aspiran al momento de recuperar la libertad son principalmente ver a sus hijos, montar un comercio de rotisería o peluquería; siendo sumamente ilustrativa en este aspecto y para finalizar la frase de Denise Rilley “Bajo el nuevo pluralismo, el viejo problema persiste” (1988:99) extractado de “La mujer del discurso jurídico”, Carol Smart, en “Mujeres, Derecho Penal y Criminología”, Elena Larrauri (comp.), pág. 175.

Bibliografía
- Baratta, Alessandro; Bovino, Alberto; Hercovichi, Inés; Larrandart, Lucía; Otano, Graciela Edit; Rodriguez, Marcela; Zaffaroni, Eugenio Raúl; Birgin, Hayée (compiladora), (2000), "Las Trampas del Poder Punitivo. El Género del Derecho Penal", Editorial Biblios, Buenos Aires, Argentina.
– Del Olmo, Rosa, (1996), “Reclusión de mujeres por delitos de drogas. Reflexiones iniciales”, Renión del grupo de consulta sobre impacto del abuso de drogas en la mujer y la familia, OEA, Uruguay.
– González Zorrilla, Carlos (1983), “Drogas y cuestión criminal”, en “El pensamiento Criminología II. Estado y Control”, Homo Sociologicus, Ediciones Península.
– Larrauri, Elena (compiladora), (1994), “Mujeres, Derecho penal y Criminología”, Editorial Siglo Veintiuno de España Editores.
– Miralles, Teresa (1983) “La mujer: el control informal”, “La mujer: el control formal”, en “El pensamiento Criminología II. Estado y Control”, Homo Sociologicus, Ediciones Península.
– Rivera Beiras,Iñaki; Almeda, Elizabet, (2005), “Política Criminal y Sistema Penal: viejas y nuevas racionalidades punitivas”, Anthropos, España.

* El trabajo, realizado por la autora como parte de la exigencia curricular de la materia "Criminología" en la Maestría en Ciencias Penales de la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la UNLPam, tenía un título original distinto: "Análisis cuantitativo y cualitativo sobre la situación de mujeres privadas de libertad en Instituto Correccional de Mujeres “Nuestra Señora del Carmen” (U.13), sito en Santa Rosa, La Pampa, con relación al consumo de drogas y la incidencia de este aspecto en la cuestión criminal". Debimos reformularlo y abreviarlo, bajo nuestra responsabilidad, para poder adaptarlo al número de caracteres que el blog autoriza en ese espacio.