DESPUÉS DE ZIZEK

Por Ignacio Castro Rey (*)



Estoy a favor del Este, venga de donde venga. Por tanto, no voy a quejarme ahora de los modales de Slavoj Žižek, de esas características tan peculiares suyas. Las que van, por ejemplo, de la necesidad agotadora de escribir compulsivamente -¡un libro al año!*- al atrevimiento de mezclar en la misma página a Kant y el cunnilingus. Del descaro de hablar continuamente de películas que uno jamás vería al intento de ejemplificar el objeto a lacaniano en el huevo Kinder. Pasando por la genial idea de casi estropear un libro magnífico, El títere y el enano, con un Apéndice infumable. Confieso que, para quien viene de Nietzsche y Agamben, no es fácil entrar en ese magma. Todo tiene en él una fatigosa y genial mezcolanza, el frenesí de un arduo discurso que intenta la dialéctica entre contingencia y necesidad, entre lo óntico-banal y lo ontológico-imposible, entre lo mundano y lo esotérico. Y además, este intervencionismo infatigable sobre los textos de los otros, este impetuoso comentario se realiza con frecuencia sin citar, sin reconocer de dónde está bebiendo. Por ejemplo, no tenemos nada claro que el concepto de interpasividad que le ha dado tanto juego no sea de él, sino de Baudrillard. 

        Al mismo tiempo, se da en Žižek un desprecio anárquico-ruso por las instituciones. No se pierdan, en la página 42 de Arriesgar lo imposible, la manera en que él y sus amigos falsifican las sacrosantas instituciones universitarias del mundo entero desde la Eslovenia marxista. Al margen de cualquier teleología de la Historia, Hegel y el marxismo son también para Žižek una disculpa genial para esta corrupción sistemática de la separación bipolar entre la vida vulgar y el pensamiento. Imagino que este estilo tuvo en el puritano público estadounidense un efecto similar al de, salvando las distancias, la crudeza de los personajes de Chéjov entre el público culto de Inglaterra en los años veinte. Como las películas de Kusturica, Žižek, que dice estar en contra del nacionalismo, nos recuerda a la franqueza eslava por todos los poros. Y tiene bastantes poros. 


        Lo menos que se puede decir de él es que nos ha complicado la vida. Aunque sólo sea porque demuestra, con su mera existencia estelar en el orbe cultural, que el mundo es un poco menos pequeño y mezquino de lo que suponíamos. Con el daño que esto implica para nuestras habituales coartadas radicales para no implicarnos ni hacer nada para cambiarlo. 
  Una vez superada –de nuevo- la impresión caótica que nos causa este expresionismo, se puede ordenar a Žižek en el siguiente esquema: 

1. Estilo


         El de una personalidad superyoica y ansiosa. Todavía no sabemos si es un inmoral o un moralista. Nuestro filósofo confiesa vivir en un estado de tensión continua, una fiebre de la teoría o bulimia conceptual (AI, 47) que le impide simplemente ver una película, sin establecer relaciones, sin escribir algo. ¿Podríamos de calificar de existencialismo cómico su estilo? Un poco como la metafísica irónica de su admirado Hitchcock. Nuestro pensador presume de ser un intruso en filosofía. Viene de otra vocación –la de cineasta, que resulta frustrada- a la filosofía como segunda opción. En todo caso, entiende la filosofía como un instrumento de la vitalidad, de un perspectivismo insuperable -la Aufhebung, decía Lacan, ese bonito sueño de la filosofía-, cargado de resistentes contingencias. De ellas brotan estos libros que se repiten, cansando a sus seguidores: giran en espiral porque reiteran y retocan los temas que le han afectado (AI, 46). Como si el pensamiento fuera, paradójicamente, el producto de un prejuicio, de tener una sola idea. Un momento fundacional de ceguera, dice hablando de Deleuze o Laclau, una Grundeinsicht o intuición fundamental que se mantiene (AI, 45). Hasta tal punto de que su particularidad eslovena marca incluso su inglés con un acento muy peculiar. 
2. Ad hominem

         La atracción por Kant, Lenin o Lacan es la atracción por un sistema que no teme ni a la posible parcialidad ni a sus consecuencias. Se milita en el pensamiento como si fuera un partido, cualquier otra causa. Desde esta posición nuestro autor está en contra del alma bella intelectual que deja el “trabajo sucio” a otros; contra aquéllos que se limita a una erudición combinatoria, mezclando de aquí y de allí. Es lo que él llama, refiriéndose a los estudios culturales y cosas similares, la “extrema arrogancia de lo interdisciplinar” (AI, 48)… que se desentiende del carácter político y unitario de la economía. Entiendo que su interés por el “terrorismo” conceptual y existencial de Lacan tiene algo que ver con una posición filosófica en la que el pensamiento sirve a la experiencia, y con la consiguiente resistencia a los rituales del poder (AI, 41). Žižek toma de Lacan cierta dogmática del “uno a uno”, la idea de una ciencia conjetural. En todo caso, un sistema expandido por todo el campo de la cultura de masas y que se resiste, en una especie de bulimia conceptual, a dejar nada fuerza: desde luego, no a la Economía Política; pero tampoco –y esto debería dar que hablar- a lo Real lacaniano. Como parte de esta voluntad de mantenerse en un horizonte entero, Platón, Hegel y Heidegger son de hecho tres motivos con los que guardar distancia, nunca tres lugares con los que se pueda romper. Se toma tan en serio el presente como para ocuparse incluso del cognitivismo y las neurociencias (AI, 57) como una “versión empírica de la deconstrucción”. ¿El psicoanálisis sería algo así como una deconstrucción de la deconstrucción? 
3. Ética

         Hay en Žižek una ética de las verdades, no muy lejana a la de Badiou, incluso a la de Rancière. Una verdad que no resulta de una situación -los nazis serían así absueltos-, sino que brota de lo abyecto para la situación, de lo excluido por ella. Como Žižek no cree en un límite exactamente externo, ya que el capitalismo convierte las catástrofes en una nueva forma de acceso (AI, 144), de ahí la idea de algo Real que se renueva traumáticamente dentro de la realidad, a lo que se es fiel renovando la fuerza de la alteridad dentro. ¿Estamos muy lejos de la democracia como un campo epistémico irrebasable, al estilo de Rancière? Tal vez Žižek llama con afán crítico capitalismo a lo que su amigo llama con benevolencia democracia, pero en los dos casos se trataría un continuum que no tiene “allende “–recordemos el Imperio de Tiqqun. Volveremos sobre ello. Mientras tanto, la infinitud capitalista, sufrida desde lo Real, nos exige una constante desconexión traumática, una continua apuesta por la parte maldita de los sin parte. Que él se declare leninista y dogmático de Lacan es algo más que una boutade para llamar la atención o romper el hielo de la ontología tradicional (AI, 48). Se trata en este filósofo de defender un a priori no histórico y prototrascendental (AI, 67) que es la condición de posibilidad e imposibilidad de lo simbólico. No es nada fijo, sino lo que corroe la fijeza del metalenguaje que siempre triunfa y potencia la ruptura de otra particularidad hegemónica. Además, cuando Judith Butler acusa a Lacan de ahistórico (AI, 75) también lo hace desde un paradigma no histórico. 
4. Intolerancias

         En defensa de la intolerancia es el nombre de uno de sus libros: de nuevo, es algo más que una provocación (DI, 107-123). Žižek mantiene una continua y agresiva hostilidad hacia el nihilismo de la atomización, esa doctrina de la separación (Steiner) que está detrás de lo políticamente correcto. Detrás de la separación entre público y privado, entre filosofía y cultura de masas… Él ve en nuestra tolerancia, a la que fustiga sin piedad, y también en las causas humanitarias, una insoportable metafísica de la indiferencia. Se trata de un nihilismo reactivo y asegurador: una “estrategia para evitar el encuentro”, para mantener el racismo alternativo de nuestra global orden de alejamiento (AI, 72). El dinero que se gasta en las causas humanitarias ejerce el papel de pagar para que no haya relación, para que el prójimo no nos contamine con su miseria. Žižek intenta continuamente agredir una despolitización de clase media urbana -esos estudios culturales que se ocupan preferentemente de cuestiones de género o étnicas- que deja intacto el poder abstracto de la Economía Política. ¡A veces se parece tanto lo que dice Žižek a la ironía que recordamos de Baudrillard! Cuando además, parentescos aparte, la vida misma y el pensamiento Žižek de es muy del Este, extrañamente “colectivista”. 
5. Seguridad bipolar

         Funciona además una alianza constante entre el Ello y el Superyó (FA, 81) que “puentea” el yo y mantiene intacto el campo de lo posible, la endogamia de la satisfacción media. Esto lo relaciona Žižek con ese obsesivo "uno de la indiferencia" que sería el trasfondo nihilista, el recipiente oculto de la multiplicidad consumista (QT, 270-275). El enloquecimiento transgénico de esta fluidez de balneario estilo El show de Truman crea la paranoia, típicamente estadounidense, de temer que lo que nos rodea no es sino un decorado, envuelto por el desierto de lo real. Desde la intuición de lo Real como límite interno al capitalismo, a su corrupción piramidal, se debe ver nuestra vida social como ficción, de ahí la importancia del cine como metáfora de lo social.
Žižek ha insistido en que los nuevos programas en vivo de la televisión, tipo Gran Hermano, quieren únicamente demostrar la existencia, una realidad de vivir puesta constantemente en cuestión por el mismo despliegue biopolítico del aparataje técnico (QT, 284-285). Ser marxista también es la intuición de que solamente el capitalismo puede destruir al capitalismo, de que éste ha de explotar desde dentro (AI, 145).
6. Fantasmas

         “¡Es la economía política, estúpido! “. Žižek
 ataca las nuevas formas de racismo que se esconden tras nuestra sonriente tolerancia. Es muy crítico con las nuevas clases privilegiadas (QT, 273) y la globalización cínica de sus manías, como si el problema mundial fuera la contaminación del tabaco, el acoso sexual, la homofobia y el lenguaje incorrecto, el respeto a la diferencia sexual o los totalitarismos externos (AI, 72-73 y 137). Con esa insistencia misteriosa y un poco inquietante en que lo Real es justo el capitalismo, toma frente a la izquierda socialdemócrata de la Tercera Vía la postura “radical” de un agitador leninista, provocador, incorrecto. La obsesión por el totalitarismo (Arendt) ha sido la disculpa perfecta para renunciar a la política en nombre de la ética y la democracia del consenso. No debemos respetar al otro, dice, por la ley moral universal que habita en cada uno de nosotros, sino por su núcleo “patológico” máximo, por el modo escandalosamente particular en que cada uno de nosotros sueña su mundo, organiza su goce. Sólo podemos experimentar la dignidad del fantasma del otro tomando una suerte de distancia con respecto a nuestro propio fantasma, sintiendo su contingencia fundamental, captándolo como el modo en que cada uno oculta el atolladero de su deseo. La dignidad de un fantasma consiste en su mismo carácter ilusorio, frágil, desamparado (MS, 259). ¿Dónde está, entonces, la superpotencia que tanto teme Rancière en otros pensadores?
7. Victimología

         La superpotencia, supongo que diría 
Žižek, está en este orden social que convierte toda catástrofe en una forma de acceso al espectáculo de la circulación sin fin. Lo recordaba él al insistir en que necesitamos víctimas por todas partes (FA, 73-85). Los pasillos de ayuda humanitaria son primeramente corredores para extraer la materia prima que nos falta, esa energía de los pueblos atrasados y más desgraciados que nosotros. Žižek insiste en que nuestra lógica política admite fácilmente y necesita al otro como víctima, un ser depauperado que se humilla y pide ayuda, suplicando a las puertas de nuestro hospicio social. De ningún modo se tolera, salvo que sea una potencia nuclear, un Otro orgulloso que no nos admira, que incluso se muestra dispuesto a resistir en su diferencia. Bajo cuerda, el modelo secreto de los derechos humanos es la animalización del hombre, el derecho de los animales (P. Singer): tratamos a los gays, a las minorías étnicas y marginales en tanto especies de vías de extinción, en cuando se declaren víctimas (AI, 135). El derecho fundamental es el derecho a contar tu historia, a que tu fantasma sea reconocido: el derecho a quejarte.
8. ¿Paso al acto o emancipación?

         Hacerse cortes, tatuarse, practicar deportes de riesgo y sexo extremo para recuperar algún contacto con lo Real -para salir de una cultura anestésica, dirían Paul Virilio o Martin Amis. Contra la ideología narcisista de la falsa tolerancia, la película El club de la lucha defiende precisamente un encuentro violento con el prójimo como forma de iniciarse al trauma de lo Real, cuya lejanía crea hoy una violencia sorda, autista –el odio, decía Baudrillard, por todo lo que no ha ocurrido. En toda relación humana existe una violencia: desde luego, en cuanto decimos “te quiero”, recuerda 
Žižek, quien insiste en que es imposible amar sin “acosar”. Así, resulta mucho más humano y piadoso el odio y el trauma que la indiferencia de este espacio virtual en el que vegetamos. Y nuestro drama es que ya no podemos chocar con nada -la violencia es lo primero de lo que hemos sido expropiados, recordaban los militantes de Tiqqun. Por este malestar letal regresan formas infectas y absurdas de violencia, desde al crimen gratuito hasta las prácticas aberrantes más o menos legales. Žižek reivindica aquí a Fanon (AI, 116) para recordar esa necesidad de violentarnos a nosotros mismos antes de pretender emancipar a nadie. 
9. Malestar en la democracia del riesgo

         El problema del sueño liberal, incluso de una utopía irónica a lo Rorty, es que la división entre lo público y lo privado nunca se produce si dejar un cierto resto (MS, 262-273). La misma ley social que, como una especie de conjunto neutro de reglas, debe limitar nuestra independencia y retirarnos una parte de goce en bien de la solidaridad, está impregnada de un goce excedente obsceno, “patológico”, privado. Para la presión que ejerce sobre el sujeto, la ley pública extrae su energía del mismo goce que le retira a ese sujeto. Para actuar como agencia neutra de la normativa –recordemos aquel inolvidable juicio de Rorty contra Foucault, acusándole de contaminar la escena pública con sus obsesiones privadas-, la ley bebe también en un superyó oculto. La democracia es fundamentalmente “antihumanista”, no está hecha a la medida de los hombres, sino a la medida de una abstracción formal: “carente de corazón” precisamente porque actúa desde unas entrañas escondidas que rigen nuestra mundial interpasividad. La democracia está siempre ligada al hecho “patológico” del Estado-nación. Es desde esa parcialidad incuestionada -esa “excepción”, diría Agamben- que decreta la extinción de toda comunidad (Gemeinshaft) en nombre de una asociación (Gesellshaft) libre de individuos atómicos. Es la represión de lo real comunitario, el miedo a su retorno, lo que alimenta la velocidad espectacular de la comunicación.
10. Universalismo contingente

        Frente a esta parcialidad hiriente, 
Žižek defiende un nuevo universalismo cuyo principal mandato ético-político parte del hecho de que el capitalismo es una forma de exclusión global que afecta, aparte de a poblaciones inmensas de la tierra, al mismo núcleo de la subjetividad entre nosotros, a la existencia singular como tal. Aunque la paradoja es que el universalismo de Žižek es algo que está en marcha, que siempre viene como constituyente. No puede hacerse Universal y siempre requiere una encarnación particular-hegemónica (Laclau) para tener significado. Desde ese Real traumático, a priori no histórico y prototrascendental cuya negatividad condiciona y limita la posibilidad de cualquier realidad histórica determinada, el autor de Mirando al sesgodefiende corroer la fijeza del capitalismo y abrir nuevas zonas de experiencia que escapen a la magia de la economía.
11. Sustracción judía y cristiana

        En El títere y el enano, con precedentes en El frágil absoluto
Žižek
 presenta al cristianismo como una reivindicación “perversa” de la encarnación del Ser en Ente, de un sentido real que genera un ateísmo donde el milagro es la misma existencia mortal. Siguiendo en parte al Hegel de la Fenomenología, la encarnación cristiana es el cruce de eternidad y contingencia, de infinitud y finitud. El secreto al que los judíos permanecen fieles es el horror de la impotencia divina y este secreto es el que se revela en el cristianismo. Lo que fue una primera encarnación en un grupo étnico distintivo, circuncidado, ahora es una comunidad de creyentes libres que suspende todas las divisiones étnicas, que traza una línea de separación dentro de cada comunidad particular. Se produce así una especie de paulina “transustanciación del pueblo elegido” (TE, 178). Aunque, asombrosamente, Žižek no cita aquí El tiempo que resta de Agamben, también para él Pablo nos vuelve a la posición originaria de la universalidad, pues entiende a toda la humanidad como resto, lo excluido por cada comunidad particular. El tiempo del Acontecimiento cristiano no es otro que está más allá o por encima del tiempo histórico “normal”, sino que es una especie de recado dentro de ese tiempo. Aunque Žižek mantiene, como no lo hace Agamben ni Tiqqun -ni, tal vez, Badiou- reservas ontológicas con el ser de la singularidad. De ahí que intente alejar a Lacan (AI, 68) de cierta problemática derridiana-levinasiana que considera a la Cosa -das Ding- como una Otredad radical. El interés de la escatología cristiana es historizar lo eterno, cambiar el sentido de la eternidad -de lo Real. Lo verdaderamente traumático es que los milagros existan, que lo Real pueda ser un corte radical en el tejido biopolítico de la realidad (AI, 157). 
(*) Filósofo y crítico de arte español, ha autorizado a publicar su artículo en nuestro espacio.